Me gustaría empezar mi artículo de hoy con una reflexión.

¿Podéis pararos a pensar cuántas veces hablando con alguien o con vosotros mismos, utilizáis la expresión TENGO QUE?

Tengo que llamar a mi madre, tengo que ir a hacer la compra, tengo que recoger, tengo que vestirme, tengo que trabajar, tengo que ir al gimnasio, tengo que preparar la merienda de los niños, tengo que llevarles al parque… tengo, tengo, tengo…

El día que en el Máster en Coaching de Fundares me pidieron hacer un listado de los TENGO QUE y de los QUIERO, me dí cuenta del tremendo desequilibrio que había entre las dos columnas.

Irremediablemente, analicé los TENGO QUE  escritos frenéticamente, y comprendí que todo me parecía un sacrificio, un esfuerzo, como si yo fuera una víctima sobrecargada de trabajo, fatigada y angustiada por todo lo que tenía que hacer.  

La mayoría de ellos casi no tenían sentido, o mejor dicho no sonaban bien con esa expresión.

Me paré a reflexionar y me pregunté entre todas esas cosas que tenía que hacer, cuántas de ellas no me importaba hacer, no me daban pereza o fastidio, y si al revés era algo que me gustaba hacer…

¿Realmente sufría para ir al gimnasio? ¿Realmente tenía que llamar a mi madre? No, para nada.

Nada era una obligación y  la verdad era que QUERÍA hacerlo, me apetecía, me prooducía placer, felicidad, alivio, tranquilidad y libertad. Ese día pensé que me hubiera encantado hacer este ejercicio mucho tiempo antes, para ser capaz de parar el mecanismo de sufrimiento y de agobio en hacer todo. Es por esta razón que hoy os propongo hacer el mismo ejercicio y pararos a pensar.

¿Es posible que el hecho de sustituir un verbo pueda cambiar toda la percepción de nuestra realidad?

Os puedo asegurar que sí. Es cierto. Detrás del lenguaje hay inevitablemente creencias limitantes. Podemos empezar a trabajar con ellas sustituyendo el verbo tengo por el quiero y así nos nutriremos de energía, nos motivaremos, haremos las cosas voluntariamente y buscándole el aspecto positivo. Hay que preguntarse el PARA QUÉ hacemos eso, para encontrar la motivación que nos empuja a cumplir esa tarea.

Por ejemplo: ¿Para qué quiero ir al gimnasio? Para ponerme en forma, para estar fuerte, para encontrarme mejor. ¿Para qué quiero recoger y limpiar la casa? Para vivir en el orden y para disfrutar de un espacio limpio y confortable.

Os prometo que es una cuestión de hábito.

Y cada hábito se consolida solo con la acción y la repetición.

Si empezáis hoy a hablar distinto y seguís día tras día, al cabo de un tiempo os  saldrá natural y notaréis las diferencias.

Acordaros que la manera  en que nos hablamos condiciona nuestros actos y nuestros sentimientos.

El lenguaje que utilizamos define nuestro mundo.

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